TU MONEDA ES TU CONDENA
Los argentinos nos pasamos la vida desconfiando de nuestra propia moneda. Convivir con una inflación de dos dígitos y devaluaciones permanentes graba en nuestro inconsciente una fuerte aversión a ahorrar en pesos y a la necesidad de adquirir dólares. Este hábito argento es captado por los medios de comunicación, que de tanto en tanto llenan de artículos con recomendaciones para salvar nuestros ahorros. Estos artículos se repiten a menudo, recomendando las mismas alternativas, maquilladas o renovadas, pero siguen siendo las mismas, al público que padece amnesia o a aquellos novatos que comienzan a descubrir en la rara condena mitológica en que se encuentran inmersos. Las crisis económicas ya son parte de una buena parte de nuestra vida, y como todo se tratase de una rueda que gira sin que nada ni nadie pueda darle freno.
Para quienes estén decididos en escapar de toda esta película, la solución está en invertir en países fuertes. Algunos dirán que el primer mundo también padece crisis, seguro que quien lo dice no es argentino. Invirtiendo dentro de las grandes potencias (ya sea mediante las acciones de sus empresas, sus bonos, o resguardándose en su moneda) logra también ser parte de la riqueza que ellas generan. Una gran ventaja que tiene el dinero es que no corre la suerte nuestra de tener fronteras cerradas por muros, ellos son siempre bienvenidos y recibidos por la puerta grande.
La puerta grande del capital es también su ventaja y su maldición. Mientras que el flujo libre de capitales otorga grandes oportunidades de inversión a lo largo y ancho del globo, también genera mucha inestabilidad económica a las naciones en desarrollo que intentan captarlos y retenerlos en pos de mejoras económicas. Los países latinoamericanos han sufrido repetidamente fugas feroces de inversionistas que ante el fin de ganancias extraordinarias no tienen reparo en retirarse con su dinero.
Una tercera alternativa va tomando forma en nuestros tiempos, y que no necesita bandera ni delimitaciones geográficas. Es revolucionaria, anti gobierno, sin partido político, sin preferencias sociales, raciales ni sexuales. Ha sido el salvavidas de muchas personas atrapadas en regímenes políticos autoritarios, controladores y opresivos. Ha sido el escape de crisis financieras. Es el futuro inevitable de la humanidad. Todo eso representa el Bitcoin. Su aceptación cada vez creciente, no hace otra cosa que respaldar su legitimidad como medio de pago. Es el sueño anarquista, es la libertad en su máxima expresión. Aún es joven y las enormes fluctuaciones provocan una injusta imagen de ella. Pero con los años mostrará su gran potencial.
Somos ciudadanos del mundo, no de un país, tenemos derecho a pensar en nuestro futuro, y eso involucra nuestros ahorros. Debemos tomar las acciones que sean necesarias para cuidarnos, no esperar que ningún gobierno sea quien decida por nosotros.


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